martes, 6 de enero de 2009

La incomunicación, el libro y el cajón.

Feliz 2009!!

Es precisamente la incomunicación la que ha provocado que no haya entradas desdes principios de Diciembre, teniendo tantas cosas que sentir, en este mes tan ajetreado, y es que estar de vacaciones y no tener Internet en casa son combinaciones muy malas para llevar al día el cuaderno de bitácora.

Los libros en el estante el corazón en el cajón.
En la penumbra del estudio, sólo estamos mi vaso, mi libro y yo, por la puerta entreabierta entra mi gato, de vez en cuando, me mira, y se marcha, sabiendo que no le voy a dedicar atención alguna, mientras mi vaso y mi libro continúen conmigo.
El vaso lleno hasta la mitad de ginebra, el libro, con 614 páginas, de unos 18 centímetros de largo, tacto suave y portada austera.
Voy por la pagina 306, en la habitación tristemente iluminada por una única lamparita no hay nada más que me pueda importar, simplemente la 307, y un sorbo a mi pesado vaso, se que el reloj va contando la horas, pero mi libro me tiene totalmente absorto, sumido en un millón de pensamientos, de sensaciones, viviendo una vida que no es la mía, me siento como el mejor de los espías, esto y la calidez que me aporta mi vaso, son lo que puedo llamar un instante de felicidad que puedo prolongar durante horas.
Noto que la ginebra ya ha hecho su efecto, los párpados me pesan y mi atención hacía el inmenso volumen que tengo en mis manos se ha deteriorado, miro la página, la 499, es un número que no me gusta pero me veo incapaz de llegar a la 500.
Coloco el marca páginas y cierro el libro.
Lo dejo sobre la mesa, mientras tambaleante me levanto, cojo el pesado libro, me acerco al estante y lo introduzco en su hueco. De repente un horrible temor asoma mi mente, con manos temblorosas toco mi cuello, y percibo la llave que siempre va colgada de una estrecha cadenita que cae sobre mi pecho, a veces tengo la sensación de que ya no está, dejo de temblar al notar su frío tacto en mi mano. Me acerco al escritorio, ahí está el cajón cerrado con la llave de mi pecho, sé que no lo voy a abrir porque hace años que renuncie a ello. Doy unos toquecitos al cajón, también hace años que renuncie a que las lágrimas asomaran mis ojos.
Mi gato vuelve a entrar en el estudio, sabe que ya sólo tendré ojos para él.

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